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Vibrador sí o no

Posted on November 8 2012

 

Esa mañana despertó algo inquieta. Había ido a cenar con su mejor amiga, y no podía dejar de recordar que se pasó toda la noche hablando de lo mucho que disfrutaba con su dildo.

Al principio se rió mucho con la conversación, más tarde sintió curiosidad e incluso le hacía algunas preguntas. Al final de la noche tenía que reconocer que hasta sentía cierta envidia.

La verdad es que no era una mojigata ni nada por el estilo. Nunca había descartado la posibilidad de comprarse un vibrador, pero sola le daba vergüenza entrar en un sex shop, y por internet se hacía un lío con tantos productos diferentes, lo dejaba pasar.

Habían pasado tres meses desde su último polvete, y apenas se acordaba de la cara de aquel chico tan majo que le presentaron  en la fiesta que hizo Juan antes de su viaje a Japón.

Notaba que había veces en que sus masajes improvisados en la ducha no eran suficiente, era todo demasiado rápido y empezaba a convertirse en rutina.

Además para más inri hace una semana Juan regresó de su viaje a Japón, y no paraba de comentar anécdotas curiosas de ese país en relación al sexo. Por lo visto allí hay prostíbulos de muñecas hinchables, pero no las de toda la vida, sino unas sotisficadas muñecas de silicona cuyo precio podía rondar alrededor de los 6000 euros. Claro, esos precios no están al alcance de todo el mundo.

 También comentó que una noche estuvo con la trader de los productos que importaba en el primer pub en Tokio dedicado a la masturbación femenina. Los chicos no podían entrar solos pero no tuvo problema pues el iba acompañado de Yin. Según relataba, las chicas podían retirarse a un spá privado en el que podían probar estos productos. Así lo hizo Yin, y Juan se puso como una moto. Total una cosa llevó a la otra y acabaron enrollados.

Regresando a su pensamiento inicial, María pensó en una oportunidad propicia para estos menesteres, cuando su compañera de trabajo Esther la invitó a una reunión tapersex en su casa de Badalona. La sorpresa fue encontrarse que habían asistido Lisa y Cristina, las dos brujas más chismosas de toda la empresa. El resultado fue que al final, salvo una que se decidió por un lubricante nadie compró nada, y la pobre vendedora se fue diciendo barbaridades.

Al llegar a la oficina descubrió que la falda que se había puesto era aquella que se le había quedado pequeña. No había reparado en ello pues llevaba toda la mañana ensimismada en sus pensamientos así que a fastidiarse.

Al bajarse del coche descubrió a Fabián, el guapo nuevo comercial mirando atentamente a lo que la falda dejaba adivinar, y sintió un rubor que le recorrió todo el cuerpo como un rayo. No se lo pensó más y al llegar a casa le preguntó a Marta la referencia del vibrador. Lo pidió en un sex shop online y en veinticuatro horas ya lo tenía en su poder…. 

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